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24.5.13

El germen del kirchneroptimismo

KIRCHNER, A 10 AÑOS DE SU ASUNCIÓN





Fito Paniagua | Contacto



En mayo de 2003, Néstor Kirchner, presidente electo tras la huida de Menem del balotaje, entusiasmaba poco. El escepticismo se fundaba en los largos años de menemato y se reforzaba con el corto pero anodino gobierno de De la Rúa. Sin embargo, a poco del inicio de la era K, llegaron los días en que se pudo empezar a soñar: las leyes de impunidad, anuladas; el presidente ordena bajar los cuadros de Videla y Bignone. Todo lo que vino después nació de esa semilla: sin justicia no hay igualdad, sin igualdad no hay democracia.  


El día que asumió Néstor Kirchner, el 25 de mayo de 2003, este columnista firmaba, en un diario chaqueño, una nota titulada Sin tiempo y con poco margen para el error. No era, claro está, esa pieza emblemática del apriete de José Claudio Escribano que publicó La Nación el 15 de mayo de ese año, en el que vaticinaba que “la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año”. 
Escribano, entonces subdirector del matutino, salió con los tapones de punta luego de su infructuosa gestión con el todavía candidato presidencial patagónico, a quien le presentó un ultimátum sobre las cosas que debía hacer el nuevo gobierno. Entre esos puntos figuraba el alineamiento “incondicional” a los Estados Unidos, no más revisiones sobre la “lucha contra la subversión” y la ruptura con Cuba, según contó Horacio Verbitsky en Página 12
En verdad, en esos momentos, Kirchner, gobernador de Santa Cruz, no ilusionaba y los problemas del país eran realmente graves y acuciantes. La crisis de 2001 había golpeado con fuerza a muchos argentinos. El diario para el que escribía se había convertido en una cooperativa de trabajo, tras la quiebra de la empresa editora en 2002, que dejó un tendal de trabajadores en la calle y sin poder cobrar sueldos ni indemnizaciones.
Reinaba una especie de peronescepticismo, fundado en diez años de menemato y reforzado por el anodino paso por la Rosada del radical Fernando de la Rúa. Para colmo, Kirchner había sido bendecido por el entonces presidente Eduardo Duhalde para definir en elecciones generales la interna del PJ contra Carlos Menem.
Y así fue. Menem ganó las presidenciales del 27 de abril de 2003 con el 24% y el gobernador santacruceño consiguió el 22%, con lo que el electorado iba a ser empujado a terciar en una disputa partidaria con rasgos de enemistad entre jefes de bandas.
Menem renunció a ir a la segunda vuelta contra Kirchner, en un acto de cobardía con efectos de golpe institucional, que se constituyó, con justicia, en el ocaso político del hombre que gobernó el país durante una década.
El nuevo presidente llegaba al poder en medio de sacudón y entusiasmaba poco, al punto que, en aquella columna del 25 de mayo, se advertía que si Kirchner “cree que las medidas más urgentes y prioritarias son el aumento de las tarifas de servicios públicos, la compensación a los bancos por la pesificación asimétrica o el pago de la deuda externa a cualquier precio –como plantean algunos analistas cada vez que hablan de la agenda del flamante presidente–, su vida será tanto o más efímera que la de la Alianza [UCR-Frepaso] y el final será tanto o más precipitado que el de De la Rúa”.

El día que se pudo empezar
Meses después de esas horas inciertas, una noticia permitió empezar a soñar. El 13 de agosto de 2003, las tapas de los diarios informaban de un hecho esperado: la Cámara de Diputados declaró “insanablemente nulas” las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, en una sesión en la que menemistas y radicales demostraron que sus coincidencias ideológicas en ciertos asuntos se conservaban intactas y se opusieron a la anulación, junto con los cavallistas, ucedeístas, bussistas, seguidores de López Murphy y partidos provinciales.
Ese día histórico, en el recinto, otra Elisa Carrió agradeció a Kirchner por haber tenido “la decisión y la energía de poner las cosas en su lugar”. 
Aun remiso al entusiasmo fácil, este columnista celebró también la renovación de la Corte Suprema y la decisión del Gobierno de no reprimir la protesta social. Kirchner empezaba a marcar diferencias. Hasta que el 24 de marzo de 2004, el presidente le ordenó al jefe del Ejército, Roberto Bendini, bajar los cuadros de Jorge Rafael Videla y de Reynaldo Bignone colgados en el Colegio Militar.
Todo lo que vino después con Kirchner y con Cristina Fernández –desendeudamiento, estatización del régimen jubilatorio, asignación universal, ley de medios, matrimonio igualitario, ley de identidad de género, por nombrar solo algunas medidas– es nada más que lo nacido de ese germen: sin justicia no hay igualdad, sin igualdad no hay democracia.
De ese modo, el peronescepticismo del comienzo devino en kichneroptimismo. Quizá, con un fervor desmedido en algunos casos, pero proporcional al odio de ciertas elites que ven perder privilegios, se inoculan con la mentira diaria de la prensa corporativa y añoran las políticas que en los 70 se impusieron con sangre y en los 90, con hambre y miseria. 

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