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9.6.07

Una mentira más: agasajaron a los periodistas

Catriel López Acosta,
periodista



El jueves, los empleados de medios se dijeron de fiesta. En el día instaurado como suyo, recibieron irrespetuosos reconocimientos y desnudaron sus bajezas. ¿Cuál es la verdadera función que cumplen?
El Día del Periodista arrancó para algunos bien temprano en la redacción de un diario de la capital de la provincia de Corrientes. Estaban quienes se sentaron en su silla como siempre, miraron la computadora, la prendieron y se resignaron. Ellos son los que no tienen ningún laurel (ni eternos, ni mortales, ni de plástico). En esta región los llaman “rasos”, con el dialecto militar que el país todavía no se puede arrancar de las entrañas.
Otros trabajadores de prensa se levantaron sabiendo que era un día para recoger la siembra, tiempo de cosecha. Una evaluación para saber “qué tan bien andaba la cosa”, como particularmente calificó uno de estos otros sonrientes periodistas. Se los veía de camisa a los hombres, a las mujeres bien maquilladas y todos parecían felices. A ellos se los conoce –en la mayoría de los casos- como jefes, entre otras nomenclaturas. Todos, en cierta medida, tienen más poder, reconocimiento y (por qué no) fama que sus subordinados.
Irrespetuosamente y desconociendo absolutamente qué es y cómo vive un periodista en Argentina (al menos en gran parte del país), las redacciones, las radios, las oficinas de los canales y de las páginas web se llenaron de reconocimientos: facturas.
En las dependencias oficiales de los distintos gobiernos provinciales, se prepararon agasajos, ágapes o –según bromeó un periodista chaqueño- “cumpleañitos”. Mesas habitualmente utilizadas para presentar programas, obras o planes se convirtieron –como cada año- en la bandeja para que los literalmente hambrientos periodistas, se sirvan de su propia bazofia.
Sandwichitos, empanaditas, copitas, brindisitos y otras cosas “mini” contrastaron con abultados discursos –según sea el lugar- de ministros, diputados, gobernadores y otros. Burlones anfitriones llenos de discursos berretas y trajes italianos.
Esta maltrecha y hasta denigrante celebración del “día de los don nadie” es impulsada y aplicada por el poder político dentro y fuera de los medios. No sorprende esta postura proselitista y electoralista entre la clase que gobierna el país, ya que no se le conoce otro costado, otra habilidad. Se mueven por el impulso de su soberbia y arrasan -desde el gobierno- los medios, las casas, las familias… la dignidad de un pueblo.
Esas mismas mesas en las que se levantan las copas y se estrechan las sonrisas -entre burbujas y pizza de otras décadas- son en las que cocina el desvalijamiento del Estado y su riqueza. Amparados en una tambaleante democracia tirana, los periodistas en los ágapes aceptan las mentiras que ellos mismos se encargan de traducir a diario.
Si algún lector desatento pregunta qué mentiras, habría que decirle que los políticos roban, matan, violan y corrompen todos los días; y los periodistas cobran miserias por esconder esa realidad que en este texto se vomita, dentro del jugo que expulsa el cuerpo por el asco que provoca la celebración del Día del Periodista.

Notas del autor:
1. Que me perdone Moreno, no lo conocí y, por profesión, desconfío de todo lo que está escrito. Quizá haya sido una gran persona. Pero hoy, mi óptica sólo permite ver las cosas de este modo y omito las excepciones porque no son representativas y las minorías pueden no representarse en este país.
2. Creo cabalmente que el periodismo existe. Nadie puede juzgarme por eso, hay quienes en este país dicen creer en la Justicia, en Dios e, incluso, en mí.
3. Más allá de que dije desconfiar de todo lo que está escrito, recomiendo tener fe en las palabras y tratar siempre de utilizarlas del modo correcto y por un buen fin.
4. El tema salarios no se tocó intencionalmente, y por la fuerte creencia de que el dinero no es directamente proporcional a la dignidad, como habitualmente declaran los sindicatos y gremios.

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Los 7 de junio, ¿no te sentís raro?


José Luis Brés Palacio

El Día del Periodista, ¿no te pareció un buen momento para preguntarte algunas cosas? Por ejemplo: ¿qué hice por el periodismo este último tiempo?
Sí, a vos te hablo, a vos que pusiste tu palabra al servicio de un patrón, que hace cada vez mejores negocios con el poder de turno gracias a tu falta de dignidad;
a vos, que seguramente te iniciaste en esto del periodismo con principios e ideales;
a vos, que cambiaste tus verdades por las mentiras del poder;
a vos, que corrés para “cubrir” lo que los políticos vernáculos deponen;
a vos, que estás esperando impaciente el boletín de prensa de Casa de Gobierno como quien espera su turno para comulgar;
a vos, que te volviste un papagayo sólo capaz de repetir las palabras que te dictan;
a vos, que la sola posibilidad de que el poder se irrite te pone la piel tan de pollo como ya tenés el alma;
a vos, que, si algo de vergüenza te quedara, no levantarías siquiera la vista de la pantalla de tu computadora;
a vos, que seguís desbarrancándote día a día por la ladera de la obsecuencia;
a vos, que escupiste las palabras buenas de tu boca y, ahora, no hacés otra cosa que rumiar: “Sí, señor; sí, señor”;
a vos, que pregonás a tus hijos contra la mentira;
a vos, que cantás el Himno sin que un pelo se te mueva;
a vos, que te solazás llenando tus escritos con las palabras “justicia”, “derechos humanos” y “democracia”, entre tantas otras;
a vos, copia berreta de los mamarrachos de la CNN;
¿qué festejás cada 7 de junio?

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Periodismo fantoche


Fito Paniagua

Este jueves se celebró el Día del Periodista. Una mirada crítica sobre el ejercicio de la profesión en estos tiempos y en estas tierras deja conclusiones decepcionantes, inquietantes y repulsivas. La principal de ellas es sin duda que el periodismo chaqueño tiende a consolidarse como fantoche.
El Diccionario de la Real Academia Española dice de “fantoche”:
1. Persona grotesca y desdeñable.
2. Sujeto neciamente presumido.
3. Muñeco grotesco frecuentemente movido por medio de hilos.
En general, la prensa chaqueña puede calificarse de grotesca y desdeñable. Ha renunciado a su función esencial, está signada por una chatura intelectual pasmosa y, en muchos casos, dirigida por “consagrados” periodistas que en rigor son nada más que fantoches.
Se sabe que la mayoría de los medios de prensa locales –diarios, radios, TV y sitios de noticias en Internet- se dedica casi en forma exclusiva a divulgar el órgano de prensa del Gobierno, aceptando directivas acerca de qué se debe decir de tal acontecimiento o personaje públicos. Es decir, el periodismo local desempeña el rol de muñeco grotesco movido por medio de hilos, que son, en este caso, la política de publicidad y propaganda del Gobierno, y los propietarios de medios, también en su mayoría fantoches, que sólo buscan obtener ganancias facturándole al Estado.
El Gobierno usa la publicidad para alinear a la prensa detrás de sus intereses político-partidarios y para financiar a periodistas que actúan como verdaderos punteros políticos. Consigue así manipular la información y avasallar el derecho de la ciudadanía a conocer la verdad. La prensa debe siempre respetar y defender el derecho público a la información, pero eso no puede ocurrir con la prensa fantoche.
Lo más triste y revelador de este cuadro decadente es que algunos periodistas fantoche, sujetos neciamente presumidos, conducen las redacciones con aires de suficiencia profesional, intelectual y ética, pese a que sus currículum están manchados de venalidad, servilismo y obsecuencia.
Y lo más grave es que, mientras el poder político paga y censura, y los dueños de los medios negocian por dinero el derecho de la ciudadanía a informarse, una gran mayoría de periodistas trabaja por el sándwich y la Coca, en condiciones laborales de semiesclavitud, y se forman con la convicción de que el único periodismo posible es éste: el fantoche.

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